Transformar la invalidez en motor
He sentido dos heridas profundas: invalidez e incomprensión. Esa sensación de que lo que yo era —sensible, intuitiva, distinta— no tenía lugar, que molestaba o era corregido. Eso duele, porque se clava en lo más esencial: sentir que no valgo por ser como soy. Con los años me di cuenta de que ese dolor no era solo hacia alguien en particular, sino hacia lo que representaba: un mundo racional y rígido, que no supo dar espacio a mi manera de percibir la vida. Hoy comprendo que ese mismo dolor puede convertirse en mi motor. ¿Cómo? 1. Reconociendo la raíz. Nombrar la herida la libera de la sombra. Ya no es un fantasma difuso, sino algo concreto que puedo abrazar. 2. Reencuadrando la incomprensión. Cada vez que alguien no me entiende, en lugar de verlo como rechazo, me digo: esto confirma mi diferencia, y mi diferencia es mi don. La incomprensión ya no me anula: me señala mi singularidad. 3. Usando la herida de manera creativa. Lo que antes callaba, ahora puede fluir en escritura, en Reiki, ...