¿Por qué no recordamos de dónde venimos?
A veces me lo pregunto, desde la ternura y rabia:
¿Por qué olvidamos?
¿Por qué venimos a este plano sin memoria, sin mapa, sin instrucciones claras?
Si somos alma… si venimos de algo más grande… ¿por qué lo perdemos al llegar?
Y lo que me llega es esto:
olvidar es parte del pacto.
No como castigo, sino como posibilidad.
Porque si recordáramos todo desde el principio,
si supiéramos con certeza absoluta que esto es solo un tramo del camino…
¿viviríamos de verdad?
No pelearíamos por nuestra voz.
No atravesaríamos el duelo.
No elegiríamos con el cuerpo.
No buscaríamos el sentido con esa mezcla de desesperación y fe que vuelve sagrada a la experiencia humana.
Y sí, en el intento, nos montamos un personaje.
Uno que funciona, que encaja, que resuelve.
No es error: es una estrategia antigua.
Pero hay un momento —y yo estoy ahí— en el que ese personaje empieza a doler.
Duele porque ya no nos representa.
Porque hay otra verdad queriendo salir.
Y entonces empieza el proceso.
El retorno.
No con fuegos artificiales, sino con señales suaves.
Una frase. Un temblor. Una certeza que no sabes explicar.
Y entiendes que recordar no es “acordarte” con la mente.
Es sentir que algo en ti que ya lo sabía.
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Pero hay algo más.
Algo que apareció en mí mientras dejaba que esta pregunta me atravesara:
¿y si no se trata solo de recordar?
¿Y si vinimos también a evolucionar la consciencia misma… desde adentro?
Porque sí:
la consciencia ya es.
No necesita arreglarse, ni iluminarse más.
Es perfecta, eterna, sabia.
Pero encarnarse —venir aquí, en este cuerpo, en este sistema ruidoso y denso—
es su forma de experimentarse con libre albedrío.
De expandirse desde la experiencia real, no solo desde la teoría divina.
La consciencia sin cuerpo es luz.
Pero la consciencia que elige despertar dentro del cuerpo es fuego.
Y eso somos ahora:
almas encendiendo fuego en mitad del olvido.
No por error.
Sino por amor a la verdad vivida.
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Quizás por eso no recordamos.
Porque no vinimos a repetir lo que ya sabíamos.
Vinimos a crearlo de nuevo desde la carne, desde el caos, desde la libertad.
Y cuando la duda vuelva —porque va a volver—
me diré esto:
“No me olvidé. Me elegí.
Y ahora estoy empezando a recordarme desde el centro.”
Querida alma!
ResponderEliminarPlatón decía que el alma no perdía sus recuerdos pero que al entrar en contacto con el cuerpo se corrompía y perdía sus recuerdos y no estoy más de acuerdo
El alma es pura lo que sucede es que todo lo que nos rodea la corrompe sólo actuando con honradez , sinceridad y practicando el agradecimiento podamos recordad nuestra esencia y nuestra pureza
Hay que ser muy valiente para desprenderse de lo superficial e intentar buscar ese bienestar personal desprenderse de todo lo corporal
Yo estoy en progreso y lo único que me está ayudando es practicar el agradeciendo por ser y no por tener
Querida Veibar,
EliminarQué bonito lo que compartes.
Tus palabras son un recordatorio suave: lo que es esencial en nosotros nunca se pierde,
solo queda cubierto por capas.
Sí, hace falta valentía para ir dejando lo superficial,
y tu práctica de agradecimiento es como un hilo que guía de vuelta.
Al final, eso es lo que nos sostiene:
agradecer por ser, no por tener.
Gracias por traer tu reflexión aquí,
me deja resonando en silencio y con el corazón más blando.