Algo se ha movido en mí
Últimamente he atravesado un proceso que me ha puesto frente a frente con algo que llevaba tiempo esquivando: mi relación con el miedo. No un miedo abstracto, sino ese que se mete en el cuerpo, se adueña del pecho y convierte cualquier duda en amenaza. Ese que me hacía sentir expuesta, frágil, como si no tuviera suelo interno.
He visto con claridad que durante mucho tiempo he vivido desde la inseguridad. No porque me faltaran recursos, sino porque no sabía que podía habitarme de otra manera. Siempre alerta, siempre imaginando lo peor, siempre intentando anticipar el juicio de otros para evitar dolor. Un sistema nervioso trabajando horas extra sin que yo me diera cuenta.
En estos meses también he tocado algo que me ha costado nombrar:
la vergüenza.
La vergüenza por mi cuerpo, por mi sexualidad, por mis decisiones, por no ser “perfecta”. La vergüenza silenciosa que te hace esconder partes de ti aunque nadie te lo esté pidiendo. La que te dice que sentir es peligroso y que ser vulnerable es casi un error.
Pero lo que empecé como un túnel de angustia se ha convertido en un espejo. Y en ese espejo he visto algo que no sabía que tenía:
una necesidad profunda de seguridad interna.
No de controlar, no de cerrar los ojos, no de negar el miedo… sino de aprender a sostenerme mientras atravieso lo que toca.
He entendido que la seguridad no es ausencia de riesgo, ni fuerza heroica, ni “estar bien” todo el tiempo. La seguridad real es sentir que aunque tiemblo, no me abandono. Es poder decir:
“Tengo miedo, sí, pero estoy aquí contigo ”.
Hoy sé que mi vulnerabilidad no es una grieta, sino una puerta.
Que mi cuerpo no es un enemigo al que vigilar, sino un espacio al que aprender a regresar.
Que mi sexualidad no es motivo de vergüenza, sino parte esencial de mi humanidad.
Que mostrarme no me hace débil; me hace honesta.
Estoy aprendiendo —poco a poco, sin exigencias— a vivir desde un lugar más firme.
A bajar del pensamiento al cuerpo, a escucharme sin esconderme, a confiar en que puedo atravesar lo incómodo sin derrumbarme.
A dejar que la vida me toque sin interpretarlo como una amenaza.
Este proceso no ha terminado, ni tiene que hacerlo rápido.
Pero algo fundamental sí ha cambiado: ya no me relaciono con el miedo como si fuera mi dueño. Lo estoy mirando de frente, como parte de mí, no como mi identidad.
Y este texto es para recordarme dentro de un tiempo que aquí empezó un giro:
el momento en el que dejé de vivir para evitar el dolor y empecé a aprender a vivir sintiéndome segura en mí.
Querida compañera!!
ResponderEliminarQue emoción tan importante es el miedo yo he tenido que enfrentarme a esta emoción de muchas formas: por traumas , vergüenza y por miedo a sentir profundamente en mi y esta ha sido la peor forma de miedo que he sentido
El tener miedo a sentir la cruda y verdadera realidad , pero cuando poco a poco te enfrentas a él , es como si la niebla se disipará y empiezas a ver tu camino y la luz
A día de hoy me gusta sentir esa sensación porque me pone en alerta y es como si encontrara la mejor versión de mí misma , ya que hace que no pierda mi identidad y que me pregunte el porqué y el para que y de este modo cualquier tipo de miedo lo tránsito para cuidar mi verdadera identidad
Séneca (Estoicismo): "Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido
Gracias Veibar por tu sabiduría y valentía. Por querer vivir sin anestesia tu autenticidad. Un abrazo
Eliminar