Tierra que arde y calla
Hay tierras que parecen áridas, cubiertas de roca negra y cicatrices de fuego. A primera vista parecen muertas, pero en silencio guardan una fertilidad profunda, capaz de sostener vida durante siglos. Me reconozco en ellas. Yo también he ardido por dentro. He dejado que viejas capas se quemen, que lo que ya no podía sostener se derrumbe en silencio. Y ahora estoy así: como un suelo nuevo, negro, crudo, fértil, pero todavía sin brotes. Durante mucho tiempo quise que cada cambio interno floreciera al instante, como si mi transformación necesitara ser visible para ser real. Pero la tierra quemada me recuerda algo distinto: La fertilidad verdadera no hace ruido. Espera. Respira. Se gesta en lo invisible. Comprendo entonces que no necesito adornarme ni forzar el brote. Puedo ser roca caliente, viento que acaricia ceniza, semilla enterrada sin prisa. Mi interior es fértil aunque desde afuera parezca vacío. Y confío en que lo que se está gestando en mí brotará a su tiempo, como la vida que re...