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El duelo en PAS

Ser PAS significa sentir más. No solo en lo emocional, también en lo corporal, en lo simbólico, en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Esta sensibilidad es un don, pero a veces también pesa, sobre todo cuando atravesamos un duelo. El duelo no es solo la pérdida de una persona querida. También lo es cuando una relación se termina, cuando algo que deseábamos no llega a ser, cuando una amistad deja de sostenernos como antes. Y en quienes somos altamente sensibles, el duelo se vive de una forma particular. Negación En mi caso, la primera reacción suele ser desconectarme. Como si mi sistema, saturado, dijera: “esto no lo puedo procesar todo de golpe”. Me refugio en la mente, en rutinas, en distracciones. Es un mecanismo de protección. Rabia La rabia no siempre se expresa hacia fuera. Muchas veces se vuelve hacia dentro, en forma de autoexigencia o de tensión en el cuerpo. He sentido mis cervicales cargar todo lo que no me atrevía a gritar. Es rabia contenida, enmascarada de “cu...

El despertar de la niña enterrada

Una obra en tres actos Primer acto: La niña y el gatito El telón se abre lentamente. La escena es sencilla: un campo silencioso, un atardecer dorado. En el centro, una niña de manos pequeñas cava con cuidado un pequeño hoyo en la tierra. Entre sus brazos, un gatito envuelto en una tela blanca. Ella lo coloca en una cajita y lo entierra. El gesto no es solo despedida, es pacto: junto al cuerpo del animal, guarda también su propia sensibilidad, su juego, su creatividad pura. Un violín suave acompaña sus lágrimas. El telón se cierra. Segundo acto: La oficina Cuando se abre de nuevo el telón, la niña ya no está. Ahora aparece la misma persona, ya adulta, sentada entre escritorios, papeles y carpetas apiladas. Teléfonos que suenan sin parar, gente seria hablando en corrillos, reuniones apresuradas, plazos. El escenario está lleno de ruido y prisa. Ella parece encajar, pero su mirada está lejana, como si en su interior alguien siguiera llamándola. El telón se cierra. Tercer acto: El sueño La...

Transformar la invalidez en motor

He sentido dos heridas profundas: invalidez e incomprensión. Esa sensación de que lo que yo era —sensible, intuitiva, distinta— no tenía lugar, que molestaba o era corregido. Eso duele, porque se clava en lo más esencial: sentir que no valgo por ser como soy. Con los años me di cuenta de que ese dolor no era solo hacia alguien en particular, sino hacia lo que representaba: un mundo racional y rígido, que no supo dar espacio a mi manera de percibir la vida. Hoy comprendo que ese mismo dolor puede convertirse en mi motor. ¿Cómo? 1. Reconociendo la raíz. Nombrar la herida la libera de la sombra. Ya no es un fantasma difuso, sino algo concreto que puedo abrazar. 2. Reencuadrando la incomprensión. Cada vez que alguien no me entiende, en lugar de verlo como rechazo, me digo: esto confirma mi diferencia, y mi diferencia es mi don. La incomprensión ya no me anula: me señala mi singularidad. 3. Usando la herida de manera creativa. Lo que antes callaba, ahora puede fluir en escritura, en Reiki, ...

Despertar dentro del sueño

El otro día soñé que estaba en un lugar que reconocía como mío. En el sueño, por algún motivo, dejé las llaves dentro y la puerta se cerró. De pronto, me encontré fuera, sin poder entrar. La escena parecía simple: un despiste, una puerta cerrada, la imposibilidad de volver. Pero en ese instante tuve una lucidez extraña: “Para resolver esto, no tengo que buscar las llaves… tengo que despertarme”. Y me desperté. Al abrir los ojos, sentí un eco interno. No se trataba solo de un sueño; era una metáfora perfecta de lo que Eckhart Tolle describe como el despertar de la conciencia. Ese momento en el que dejas de buscar soluciones dentro del mismo nivel de sueño en el que el problema nació, y recuerdas que la salida no está ahí, sino en otro plano: el de la presencia. En el sueño, yo no podía “forzar” la puerta ni “recuperar” las llaves. En la vida, muchas veces pasa igual: creemos que si pensamos más, hacemos más o luchamos más, vamos a resolver el bloqueo. Pero hay momentos en los que el úni...

Fuego, Sensibilidad, Canal e Intensidad

En mi camino he escuchado muchas veces estas palabras, a veces como si fueran lo mismo. No lo son. En mí, cada una tiene un pulso distinto, un lugar en el cuerpo y una forma de expresarse. FUEGO Es mi fuerza vital cruda. La que me empuja a actuar, a decir, a crear, a marcar límites. Se siente como calor que sube desde el vientre o el pecho. Cuando lo dejo salir, hay dirección y claridad. Cuando lo contengo, se convierte en contractura, cansancio o ansiedad. El fuego es movimiento: si no se expresa, se pudre. SENSIBILIDAD Es mi radar interno y externo. Percibo lo sutil, lo invisible, lo que no se dice. Es belleza, es dolor, es conexión con todo lo vivo. Cuando está cuidada, me nutre y me guía. Cuando está desprotegida, me satura y me aísla. La sensibilidad necesita descanso y cuidado para no agotarse. CANAL Es el puente entre lo que percibo y lo que muestro. El flujo que traduce mi sensibilidad y mi fuego en palabras, gestos, acciones, creaciones. Cuando está abierto, lo que vivo por de...

Tierra que arde y calla

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Hay tierras que parecen áridas, cubiertas de roca negra y cicatrices de fuego. A primera vista parecen muertas, pero en silencio guardan una fertilidad profunda, capaz de sostener vida durante siglos. Me reconozco en ellas. Yo también he ardido por dentro. He dejado que viejas capas se quemen, que lo que ya no podía sostener se derrumbe en silencio. Y ahora estoy así: como un suelo nuevo, negro, crudo, fértil, pero todavía sin brotes. Durante mucho tiempo quise que cada cambio interno floreciera al instante, como si mi transformación necesitara ser visible para ser real. Pero la tierra quemada me recuerda algo distinto: La fertilidad verdadera no hace ruido. Espera. Respira. Se gesta en lo invisible. Comprendo entonces que no necesito adornarme ni forzar el brote. Puedo ser roca caliente, viento que acaricia ceniza, semilla enterrada sin prisa. Mi interior es fértil aunque desde afuera parezca vacío. Y confío en que lo que se está gestando en mí brotará a su tiempo, como la vida que re...

¿Por qué no recordamos de dónde venimos?

A veces me lo pregunto, desde la ternura y rabia: ¿Por qué olvidamos? ¿Por qué venimos a este plano sin memoria, sin mapa, sin instrucciones claras? Si somos alma… si venimos de algo más grande… ¿por qué lo perdemos al llegar? Y lo que me llega es esto: olvidar es parte del pacto. No como castigo, sino como posibilidad. Porque si recordáramos todo desde el principio, si supiéramos con certeza absoluta que esto es solo un tramo del camino… ¿viviríamos de verdad? No pelearíamos por nuestra voz. No atravesaríamos el duelo. No elegiríamos con el cuerpo. No buscaríamos el sentido con esa mezcla de desesperación y fe que vuelve sagrada a la experiencia humana. Y sí, en el intento, nos montamos un personaje. Uno que funciona, que encaja, que resuelve. No es error: es una estrategia antigua. Pero hay un momento —y yo estoy ahí— en el que ese personaje empieza a doler. Duele porque ya no nos representa. Porque hay otra verdad queriendo salir. Y entonces empieza el proceso. El retorno. No con fu...